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Archive for the ‘Cuentos’ Category

En Viaje (R)

VadoeRientro 

 

Tiempo atrás, en Septiembre de un año cualquiera, en el aeropuerto, esperaba  el momento de abordar el  avión.  El viaje lo  iniciaba con una sensación indefinida, de pérdida, premonición le llaman… Era la primera vez que me sentía de esa manera antes de iniciar un viaje. Tenía unas ganas enormes de dar por terminado todo,  no partir.

Pocos  antes de abordar, me encontré con un conocido a  quién no veía desde hacía mucho tiempo.  La verdad,   era la persona que menos hubiera deseado encontrar, ese día, en ese momento, en ese lugar.

Después de conversar sobre la nada y tomar un café, poniéndose serio me preguntó;

“¿A dónde vas?”

De mala gana y molesta por la pregunta, le respondí

“No tengo la menor idea”

“¿Y cómo sabrás que has llegado?” me dijo

A este punto, no me quedó más que sonreír  lo mejor que pude y  respondí:

“¡Buena pregunta!” y  me despedí rápidamente.

Del viaje, no hablo, pero lo que todavía me impacta y recuerdo, es la pregunta que me hizo esa persona:

“¿Y cómo sabrás que has llegado?”

¿Cómo sabré que he llegado?

En el recuerdo, los años de juventud;  en el recuerdo y grabado a fuego, las palabras de un chaman de las tierras de Otavalo en el Ecuador,  momento preciso en que sancionó mi caminar por esos caminos diciendo:    “Tu alma, vagabunda, te hará  abandonar cada lugar en el cual creas que has encontrado un amor.  Jamás sabrás si has llegado para quedarte”.

Hasta hoy, casi al final de mis caminos, tengo la sensación que aún no he llegado.

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Otavalo

LagoSanPabloOtavalo

Lago San Pablo, Otavalo

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Por primera vez viajaba fuera del país  a sus tempranos 17 años.  El pasaporte aferrado en  la mano, el  brazo pasando por la cintura de su acompañante, y  en sus hombros,  el cálido abrazo  de ese hombre de raza y ancestros distintos a los suyos, proveniente  de la sierra de otavaleña.

Era su amor.   Un amor completo, increíble,  así de rotundo lo sentía  en ese lejano momento.  La juventud y el amor  le hacían ver el mundo lleno de futuros, aunque su pequeña familia pensara de otro modo…

Las Universidades acogen estudiantes de distintas partes del mundo, eso era y es  una realidad;  no era difícil imaginar, aún en aquellos años, que una estudiante conociera, en medio al sonido de una guitarra, quenas, charangos y voces al viento, a un  joven venido de otras tierras del continente americano, perteneciente a un pueblo indígena,  etnia que ha sido denominada  la aristocracia aborigen de América;  hombres caracterizados por su gran iniciativa, ambicioso sentido del comercio y de los negocios.

Otavalo,  también llamado el Valle del Amanecer, está a 115 km. de Quito, rodeada por dos imponentes volcanes, la Mama Cotacachi y el Taita Imbabura, que según cuentan las leyendas del lugar son los padres del gran valle de lagunas.  Allí aún se habla el Quichua y sus hombres visten de blanco albo y tejen largas trenzas en sus cabellos que  los identifica desde la niñez.

El paso por la selva, la costa y luego la sierra  otavaleña le permitió a la jovencita palpar las costumbres, mitos y leyendas;  vestimentas,  música y danzas, además  de  toda la ritualidad de esa fértil tierra de chamanes.

¿Sería capaz de tejer un futuro en una comunidad que no le pertenecía, pero que la acogía?

Superaría el miedo y el desarraigo a cambio del juramento de amor,  le preguntó una tarde  al Chamán.  Él, mirando al horizonte, con sus ojos sin visión, le dijo que las leyendas de Otavalo hablaban de amores y  de  imposibles, como la historia de Nina Paccha y Guatalquí  -ella convertida en laguna y él, eterno vigía de esa laguna-  sin juntarse jamás.

“Así serás tú”  le dijo el chamán.  “Eres joven, no perteneces a estas tierras, no eres ni serás jamás nuestra, debes partir.   Tu alma, vagabunda, te hará  abandonar cada lugar en el cual creas que has encontrado un amor”.

“Y jamás sabrás si has llegado para quedarte”.

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Mar profundo y azul (r)

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Era casi un ritual.  Sin ponerse de acuerdo, en una noche estrellada  cualquiera,  se encontraban,  sonreían cómplices,  emergían y contemplaban en la distancia, la casa grande.  Refrescaban la memoria de aquellos días en que tratándose de competencias entre niños y niñitas, la contienda se podía decir que  era desigual.

Las niñas ponían  en ridículo a los chicos y ellos, vencidos, las embetunaban con barro desde las trenzas a la punta de las alpargatas  y  para evitar  las explicaciones, ellas, corrían  al mar, se lanzaban al agua y salían limpias, limpitas,  en un jolgorio de risas.

El día del temblor fuerte, uno de  tantos,  años atrás,   los pescadores de la caleta  vecina  pasaron avisando  que no  permitieran a los niños acercarse  al mar;  se había formado una gran depresión a una cierta distancia de la orilla, las olas golpeaban con fuerza  y la  resaca arrastraba en forma peligrosa.

Les avisaron a los niños  del  peligro que acechaba  frente a la casa de grandes techos.   Ellos, serios, prometieron solemnes, no acercarse a la playa.   Bueno…en realidad, prometieron  no acercarse  por unos minutos solamente, pero eso no se lo dijeron a nadie.

En la tarde,  después de leer, jugar en los árboles, ayudar a sacar los caracoles de los jardines,  el lote de chiquillos salió a  caminar  por allí y haciéndose  los lesos, se   fueron acercando   al lugar donde pensaban  estaba el gran hoyo en el mar.

Uno,  intrigado, dijo  “y si vamos a investigar?”

el otro agregó  “alguien tendría que quedarse  vigilando para que no nos reten”

“nos metemos al agua vestidos o no?”  preguntó una de las niñitas,  entre risueña y coqueta.

Y  entraron al mar, cautelosos,  para dar una mirada.   El agua helada del  Pacífico,  esta vez estaba muy tibia e invitaba a nadar y acercarse a la depresion recién creada.  El tiempo no se sentía  pasar, era  tan agradable nadar en agua tibia!   Era como estar en vientre de la mamá, tibio, trasparente, protegido y silencioso.  Y  hacían piruetas!    demostrándose unos a otros cuan bien nadaban!

¿Cuántos  años han pasado desde esas aventuras en las aguas del mar extrañamente tibias?

Los tiempos son   imprecisos.

Entonces, como en un ritual, cada cierto tiempo, se encuentran  y emergiendo desde las profundidades de la gran depresión, tibia, azul profunda, en medio a las sombras de la noche estrellada,  se asoman   y  quedan  a  ras del mar,  mirando hacia la casa grande de la infancia.

Los pescadores de la caleta vecina, esperan con ansia visualizar  las  dos sombras en las cercanías de la orilla del mar, saben que después de las apariciones vendrá un tiempo de cosecha y abundancia para sus redes.

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Wenumapu (*)

Fotografía pertenece al  Museo Pewenche

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Estabas  deseoso de contarme  lo que habías visto,  de tu paso por  Ralco y las tierras Pewenches, querías que  te escuchara y  te dejé hablar.

Me contaste  que  los hombres de esa etnia,  de las tierras de arriba, gente silenciosa,  ejercitan la “conversa” con los parientes, vecinos y  la gente sabia.  La “conversa”  en idioma nativo es el medio usado para intercambiar  sus conocimientos, conservar la memoria del pueblo y transmitirla de generación en generación.  

Habías sabido que existen  momentos especiales,  el weupin,  en que los kimches o sabios –mujeres y hombres– resuelven sus  conflictos, cuentan historias o informan sobre el estado de las otras comunidades.  En el weupin, los miembros de la comunidad conversan en lengua  chedungun.

Entusiasmado, me contaste que algunas de las creencias pewenches provienen de sus antepasados y otras, han sido tomadas  de los mapuches, siendo el centro de sus prácticas religiosas  la unión con la naturaleza, con los ngen o espíritus tutelares  y el respeto por la tierra.   Con un aire casi doctoral, me decías que los Pewenches  creen que las personas, los animales, las plantas y hasta las piedras poseen un dueño o ngen que los cuida y que  todo signo  de vida es valiosa  porque es necesaria para el equilibrio natural y que  el desequilibrio es fuente de enfermedades, escasez y catástrofes.

Tu conversación salía a borbotones,  yo te miraba pacientemente,  te escuchaba….

Me hablaste de las Kura (Piedras) y del espíritu que las habita, que hay que conversar con ellas,  aprender de las machis a reconocer las piedras buenas, aquellas que ellas ponen en los kultrunes para que bailen y den el compás en las ceremonias, como también que hay Kura que son malas,  que brillan como el vidrio y solo dan sombras de luz.

Interrumpí  el recuento, presioné ligeramente tu brazo  y comencé a hablar.  Te hablé de las puntas de flechas que usaban los antiguos  para cazar,  de diversos tamaños, hechas de huesos o de piedras  y que según las leyendas, también estaban hechas de los  rayos que caían durante las tempestades por toda  la cordillera  y que luego los pewenches buscaban, recogían y guardaban.

Te conté del amupuru, la ronda que las mujeres pewenches bailan en el Ngüillatun,  tomadas de las manos, alrededor de un rehue mientras cantan una oración a Chau Ngunechen, oración dedicada  a la mujer y a la tierra.  Y que el pewenentu representa a las araucarias en las cumbres. Te advertí que en plena cordillera se encuentran  tréboles verdes y rosados, crecidos a orillas de los ojos de agua naturales, esos, te dije, no hay que tomarlos porque  traen  malos augurios, como aquél que traías de regalo.

Te podría haber hablado de la creación del Ngüillatun, del Alwe (**) o del Relmu (***) y de la Wenumapu  (Tierra de arriba o cielo), o de  la hermosa Küyen (Luna), sin embargo,  me aparté de ti, no merecías mi palabra;  lo  que me habías contado, te lo había relatado yo cuando nos conocimos.   Habías olvidado que soy una pewenche como mis ancestros.

Y con el orgullo de mi sangre, volví al silencio y me adentré en los bosques.

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(*) Wenumapu – tierra de arriba, espacio sagrado

(*) Alwe – alma de los muertos

(**) Relmu – arco iris

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El cono de La Campana, una leyenda

Habíamos emprendido la subida desde el Sector El Granizo. Nos hacía ilusión recorrer las huellas dejadas por Charles Darwin en 1834.

Una caída estuvo a punto de impedir la subida, nada peligroso, pero al rozar el tronco del árbol me había herido el brazo y hubo un momento de duda, seguir subiendo o devolvernos a la entrada del Parque.

La subida al Cerro La Campana, era una caminata largamente deseada, sin embargo, tú estabas en la duda y mientras hablábamos, no nos dimos cuenta de la aparición del viejito. Con calma y con su acento de campo, dijo que no me convenía continuar así;  y sin emitir otra palabra, te indicó con la mano que te alejaras y comenzó a hacer una pequeña fogata con las ramas bajas de un Canelo.  Eso fue lo que dijo, que ese árbol se llamaba Canelo. No tardó en extinguirse el fuego y ya habían cenizas en la parte exterior de la fogata.  El hombre tomó mi brazo y con cuidado fue depositando las cenizas hasta cubrir la herida y luego, colocando algunas hojas frescas a modo de venda, las amarró con una liana corta que desprendió de un árbol cercano.  Después, serio, me dijo “ya puede seguir”.  Lo miré agradecida. No sabía cómo retribuir su ayuda y mirándolo, le sonreí disculpándome.  

Me dijo la acompañaré hasta donde está su amigo, para que no se pierda”.  No era una gran distancia, pero el camino daba varias vueltas. Mientras caminábamos, me dijo “su mirada es directa, señorita, eso me indica que usted viene solamente a visitar el Cerro sin ninguna mala intención”  Le respondí sorprendida, que no me imaginaba qué otra intención podríamos tener más que conocer el Cerro La Campana, hasta donde se pudiera llegar.  

Mientras subíamos, le pregunté si conocía alguna leyenda de la zona; que me gustaría conocer la historia del lugar.  Me respondió que la historia del Cerro era muy larga, pero que me podía contar lo sucedido con el cono que existía, mucho años atrás, en la punta más alta.  Al mirar a lo alto, noté que efectivamente al cerro en forma de campana, le faltaba el cono y lo miré sorprendida.  “Usted, señorita, creía que el cerro era una campana perfecta?”  Más sorprendida aún, le respondí que nunca me hubiera imaginado que al cerro le faltaba el cono!  

Así fue como comenzó a contarme que cuando recién llegaron los españoles a la zona central de Chile,  los indígenas de la etnia Picunches se comunicaron unos a otros el mensaje: los conquistadores no venían en son de paz , sino que los movía la ambición por el oro. Se decía que en el Cuzco habían dado muerte al Inca Atahualpa para apoderarse de su fortuna; y que el resto de la familia real Inca se había tenido que retirar hacia una ciudad cerca de la cordillera (“Machupichu”) hasta donde habían llevado el resto de sus tesoros y a sus mujeres para que no cayeran en manos de los invasores.  

Le escuchaba atentamente, sin sentir el paso de los minutos, pero sabiendo que tú me esperabas más arriba.

Me contó que los habitantes de Gulmué, como se llamaba en esa época la zona de Olmué, se reunieron y llamaron a sus Machis;  éstos decidieron retirar la cumbre de oro que habían levantado año tras año, a modo de veneración al Sol en lo alto del Cerro de La Campana. Le encargaron al hechicero que hiciera la rogativa, para que el cerro accediera a esconder el tributo que habían construido.  El cerro, conmovido por los ruegos de los habitantes y el conjuro del brujo, abrió una compuerta, y a medida que seguían las palabras del hechicero, comenzó a cobijar en sus entrañas misteriosas el dorado metal que antes le coronaba. El brujo, sereno, con su alma en paz, siguió con su conjuro, aceptó en calma el violento terremoto que se produjo al momento en que el cerro acogió al cono de oro. Sus labios continuaron emitiendo palabras, en tanto que sus brazos, extendidos horizontales, bajaban lentamente a medida que el cono bajaba hasta las entrañas de la montaña, hasta convertirla en su morada. El final del descenso fue coronado con miles de estrellas que salían desde el Cerro hacia el cielo.  El brujo quedó solo al final del conjuro, acompañado tan solo por los cóndores que habitaban el lugar, los que espantados por el ruido y las luces de las estrellas, huyeron a sus nidos. Finalmente en esa noche oscura solo se escuchó el llanto de los hijos de estas tierras, quienes bañaron con sus lágrimas las laderas del Cerro e hicieron crecer así, los árboles en las laderas.

Los años han pasado y la leyenda se transmite de boca en boca y quien visite el Cerro La Campana podrá darse cuenta que el Cerro está trunco, le falta su corona. Es en esa misma cumbre, señorita, donde permanece el brujo, prisionero en las entrañas del cerro, guardián celoso del oro dedicado a los dioses, el que no ha sido profanado por ser humano alguno. Cuentan que en las noches invernales se oye su lamento, como el sonido de un kultrun. (*)  Son sus lágrimas saladas que salen de la montaña, las que han formado mares que bajan entre las piedras. Se dice, señorita, que el cono de oro de la campana algún día será encontrado y hará la fortuna de su feliz poseedor”

Al llegar a ese punto, dio la vuelta rápidamente y desapareció de mi vista. Quedé desconcertada, sin poder orientarme. Me volví y ví tu silueta apoyada en esa piedra grande. Me acerqué despacio y despertaste sobresaltado… ¿Cuántos minutos habían transcurrido?  

La luminosidad era extraña, me di cuenta que estaba amaneciendo….

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(*) Kultrun: tambor mapuche.  Es un instrumento musical de percusión que se utiliza en actividades y ceremonias mapuche de distinta índole.


 

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En un suspiro lento… (r)

(Marzo 14, 2010)

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En un suspiro lento abrió los ojos.

Ante sí,  en sus labios,  percibió el recuerdo de un sueño reciente.

Con sorpresa y en otro suspiro lento, se repitió que  no tenía sueños a recordar.  No se quedaban en su memoria, nunca en su vida.

Era el primero.

No sabía qué hacer con él, era tan real!

Y para no olvidar, lo tomó amorosamente,

volviéndolo vivo, escribió

“Soy una gota de lluvia y  estoy cayendo sobre ti” 

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De recuerdos y promesas

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Llovía, como suele suceder en otoño, sin embargo no sentía frío  y caminar no le hacía mal a nadie.

Descendió en la estación Jourdain, caminó lento, mirando las galerías de arte, emergentes, coloridas, diferentes… la música retro, de otros tiempos.

Belleville era el epicentro del movimiento artístico joven y no tan joven; el lema seguramente era:  artistas en busca de consagración.

Una promesa es una promesa y había dicho que iría.

Cierto temor, es cierto, existía.  Cuantos años habían transcurrido? Se dijo que no importaba, mientras subía su bufanda hasta cubrirle las orejas.

La otra duda era si lo reconocería o más bien si reconocería la imagen guardada de él.  Se dijo que no importaba, mientras apuraba el paso.  Una promesa es una promesa y no la rompería ahora.

Recorrió sus recuerdos, los veranos en la casa grande junto al mar, los juegos infantiles o no tanto…y más de una sonrisa se escapó.

La calle, plena de bullicio y colores, a pesar del frío. Dudó y quiso volver a su hotel.

La lluvia arreciaba, caía la tarde y los minutos no dejaban de caminar.

Entró en la Galería, con la mirada y en silencio, lo busco.  Se reconocieron y sonrieron, cómplices.

El tiempo no había pasado.

Esa noche, por primera vez,  no volvió a su hotel.

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