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Santiago, 14 Diciembre 2012.

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Nuestra Revista Verbo (des) nudo ha cumplido un año de vida y lo hemos celebrado en compañía de nuestros amigos y amigos colaboradores,  en una hermosa reunión plena de amistad y compañerismo.

En este año nos permitimos hacer realidad un sueño largamente acariciado y ahora esa idea lejana,  se ha cumplido con creces.

Todo sueño dormido necesita de un catalizador para convertirlo en realidad, y aquí me permitiré transcribir las palabras de nuestro Editor, Fidel (Gino) Ginoris, poeta, pensador, gran amigo y motor en la realización de este logro.

 

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“Verbo (des) nudo llega hoy a su primer año.  Siete números, siete entregas frescas, diferentes, sinceras, ese es el resultado de un sueño que dejó de serlo en el minuto exacto en que se imprimió la primera hoja, la primera carátula; la piedra fundacional esta vez fue de papel y lo seguirá siendo mientras quede alguien dispuesto a leernos”

Las palabras precedentes me interpretan plenamente, es un sueño cumplido y con resultados que han ido más allá de lo jamás me hubiera podido imaginar.  Doy gracias a todos y cada uno de mis amigos de Verbo (des) nudo por este año tan fructífero.

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En la misma oportunidad celebramos el lanzamiento del tercer libro emitido por nuestra Editorial Verbo (des) nudo durante este año.  El Poemario “El baúl de Gaspar” del poeta Sr. Luis Arturo Cerón F., gran amigo y miembro de nuestro Colectivo;  libro que sale de las manos de su autor para recorrer el sendero hasta sus lectores.

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Lineas…

Colibrí errante

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Vi estas líneas, ninguna se cruza, nunca se tocan

nunca

ni siquiera una,

ni entonces ni ahora;

aunque puedo estar equivocada!

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Ven…

Escultura en bronce, autor desconocido

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Desmenuza mi prosa

separa una palabra de otra

las letras también, si quieres.

¿Qué esperas encontrar?

Tan solo rozarás el suave rumor de los besos,

las cadencias

mis hojas escritas y vueltas a escribir

y  tú.

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En el tiempo

El color miel era único.   Las crines de cola y cuello lo distinguían, contrastaban con el color de su cuerpo, musculoso y terso.

Era mio, solo mio y en ese afán egoista de la niñez (bueno, no tan niñez), evitaba dejarlo, aunque los mayores nos instaban a compartir.

Nada es propio.

Discrepaba yo;   lo abrazaba y nuestra mirada era cómplice.

Galopabamos en las tardes, recorriendo prados y bosques, sintiendo en rostro, cabellos y crines,  la caricia de los árboles.  Al final, bajábamos a la orilla del mar.

Tenso su cuerpo y yo en posición correcta, montada de lado, no necesitaba fusta;  mis piernas mandaban.   Bastaba una señal  y emprendíamos la carrera como si se nos fuera la vida; majestuoso él,  pisando firme las orillas saladas.  A veces entrabamos en la mar y dejábamos que las olas misericordiosas se pasearan por nosotros.  Desafiábamos el temor.

Corriamos como locos, agachada sobre su cuello para evitar que el roce del viento detuviera los minutos.

La alegría de llegar y unas pocas lágrimas producto de la brisa, picaban mi rostro.

Recuerdo su piel suave, el color miel y sus crines blancas como espuma.

Luego, retomando el sendero, traspasábamos el arco de medio punto,  entrando a la casa de grandes ventanales.

El sol ya se perdía en el horizonte.

Mensaje en la botella

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Este puñado de palabras unidas con cintas invisibles, partirá surcando tiempos infinitos, bajo cielos sin estrellas, mareas y vientos traicioneros.

Este puñado de hojas desteñidas, ajadas, dentro de la botella, llegará a esa orilla perdida en la geografía, entregará el mensaje y descansará.

Así será.

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Con el batir de alas de hadas o libélulas,

en puntilllas,

acaricio tu rostro dormido

y beso tu frente;

luego me escabullo entre las grietas

de los tiempos,

atravieso los puentes de cristal

y me sumerjo en la bruma.

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CHILENO

Hoy mi Blog se enriquece con el relato ameno de mi querido y entrañable amigo Patricio Finsterbusch, quien con ese mirar certero, muy en su estilo, me deja una visión de un encuentro que no fue.  Gracias Patricio por tu generosidad.

Los invito a dar una mirada a esta Pincelada Nórdica.

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CHILENO

(relato corto, pero breve)

Relato y Fotografía Patricio Finsterbusch G.

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¿Chileno? Ssssí… probablemente. Te veo venir desde lejos, por mi  misma vereda, pero en sentido contrario.  Somos las únicas dos personas caminando por esta  -poco-  transitada calle del barrio donde vivo, en los alrededores de Estocolmo.

No te había visto antes, pero tienes todo el aspecto de chileno poco afortunado: bajito, viejón, esmirriado, de indumentaria barata, cargando una bolsa trasnochada de supermercado de ofertas.

Posiblemente representas más edad de la que tienes. Barba cana, de varios días. Cabello también canoso y desgreñado, advierto en ti una sutil cojera al caminar (¿consecuencia, tal vez, de algún “apremio”?).

¿Qué edad tenías en Chile para el ’73? Seguramente eras aún bastante joven y tus ojos adivinaban un futuro más justo, por el que valía la pena luchar.  Ese futuro y  esa lucha, para ti y muchos de los tuyos, terminó abruptamente esa mañana de septiembre.

Dentro de todo, tuviste suerte. Tus pasos, aunque inseguros,  caminan hoy por esta tierra sueca que, aunque te acogió, es aún extraña para ti.

Te acercas,  veinticinco metros… sí, es chileno, ¡Claaaaro, chileeeeno!

Rostro inconfundible.  No solo latino, sino… chileno. Tono de piel no tan claro como el de tus actuales vecinos nórdicos, tu cara, tu gesto, muestra las huellas de una vida difícil, de derrotas, de decepciones, de apreturas. Tus rasgos  generales, sin embargo, aún exhiben cierto orgullo de raza,  una armonía viril.  De joven debes haber sido un tipo bien parecido.

Ya vienes a diez metros…  Oye, chileno, ¿tienes hijos? Seguramente, sí. Tal vez nacieron y crecieron en este país. Hablan sueco y una que otra palabra “chilena”, pero ya volaron del hogar y ahora estás solo. ¿Acaso querrías volver a tu tierra o es ya muy tarde?

Pasas por mi lado. No me reconoces como compatriota, quizás porque mis facciones no son tan típicamente chilenas.

Escucho que vas mascullando algo… Con la vista baja, vas hablando solo, despacito,  pero aún audible.  Alcanzo a escuchar que champurreas un sueco atroz, mezclado con palabras en castellano.  En los pocos segundos que dura nuestro cruce, trato de aguzar el oído;  no, no entiendo bien lo que vas diciendo, pero igual percibo en tu discurso cierta paz, tal vez resignación… ¿Acaso, vas rezando?

Me dan ganas de saludarte, de abrazarte, por el puro gusto de saber que venimos de esa misma tierra, al sur del mundo, pero ¿qué puedo decirte, si esa es probablemente nuestra única coincidencia de vida?

Tal vez un: ” ¡Q’iubo, puh hueón!, ¿así que soi shileno… igual que yo?”

(Bueno, ¿y por qué no?).

Me decido y me doy vuelta para alcanzarte,  pero noto que ya te has alejado demasiado.

“Pasó la vieja”, pienso.

Me detengo un momento a observarte.

Al mirarte desde atrás, tu cojera me parece más pronunciada, más cansada.

No, seguramente ya no vuelves a Chile.

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