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Posts Tagged ‘Recuerdos’

A imagen y semejanza…

De  pequeños, en los veranos, en aquel Fundo con la casa de grandes ventanas junto al mar  jugábamos todos….un  pelotón de niños y niñas, todos iguales,  en una democracia sin igual.

Ya  a esa edad, habíamos comenzado a manifestar nuestras emociones, nuestras preferencias, preparándonos para lo que sería años después, nuestros primeros amores.   El  cariño entre nosotros se manifestaba en formas poco usuales;  los niños nos tiraban las trenzas y nos manchaban los bluyines con barro y  de nosotras, los chicos  recibían empujones, terrones,  piedras  o bien una caída al agua.

Aprendimos a manifestar nuestros amores.   Dibujábamos corazoncitos con las iniciales en las cortezas de los árboles.  Las niñitas, siempre muy ordenaditas,  revisábamos cuantas veces y en qué árboles estaban escritos nuestros nombres.  Llevábamos una contabilidad muy precisa.

Uno de los niños, el más tímido, nada escribía.  Era un misterio y nosotras, mujercitas curiosas al fin, estábamos intrigadas.  No soportando más esta situación, le pedimos a José, el que cuidaba los caballos,  que averiguara de quién estaba enamorado este amiguito.

José,  fiel cumplidor de nuestros encargos, nos llamó una tarde y nos dijo:

“Este cabro debe estar enfermo”

“Por qué??” dijimos  en coro.

“Bueno, porque cuando conversamos, me dijo que no podía enamorarse de ninguna de ustedes,  niñitas”

“Y por qué??” volvimos a decir a coro.

“Porque el pobrecito dice que es  feo”

“Cómo??” dije tomando la palabra, pensando  que el objeto de nuestro interés no era nada de feo, según mi opinión interesada y la de las otras también.

“Bueno” continuó José, “yo le dije que no pensara de esa manera y que todos los niños habían sido creados a imagen y semejanza de Dios

“y él” continuó José, “me miró  y muy serio,  respondió”:

“Entonces quiere decir que el Dios que dices tú,  es tan feo como yo   o bien se equivocó!!”

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Historias….

En la casa grande junto al mar habían caballos, muchos caballos, de tobillos delgados, piel sedosa y porte esbelto.

José estaba encargado de las caballerizas, labor que realizaba con mucho cariño. Fue él, quien con sus palabras, nos hizo ser amigos de los caballos, hablarles, cuidarlos y para nuestra alegría, nos enseñó a montar. Las instrucciones de los mayores eran que los niños montaran a horcajadas y las niñitas debían montar como señoritas, de lado. Esa eran las instrucciones, provocando la rebeldía de nosotras, ya que lo único que queríamos era ir a horcajadas y si se podía, en pelo, sin montura.

Mi madre, que de entre los mayores, era la disidente en este aspecto, escuchaba nuestra rabietas-zapateos, sonreía y decía tranquilamente “obedezcan a José, no lo hagan enojar, lleguen hasta el álamo grande, de ahí en adelante vayan como quieran”

Y comenzaba nuestro entrenamiento. 14 caballos, 14 monturas, distintas para niños y niñitas, ensillar a la bestia, palmotear con suavidad su cuello, hablarles, tomarlo de las riendas y dar las vueltas alrededor del corral caminado a su lado, demostrando que nosotros estábamos a cargo, no el animal. Los chicos reían por tonteras y nosotras inventábamos historias y se las contábamos a los caballos; ellos volvían la cabeza, bajándola un poco hasta llegar a nuestra altura, nos miraban con esos ojos grandes soñadores de pestañas largas, como si nos entendieran. Después montábamos, nosotras de lado, como señoritas, espalda recta, bridas en posición, riendas en manos, rodilla izquierda pegada sin hacer presión, la pierna ligeramente hacia delante con la alpargata metida en el estribo; pierna derecha por encima de la montura, todas unas damas!! y en la mano un colihue delgado para apurar la marcha de nuestro caballo amigo.

José, siempre vigilante, montaba también y partíamos de excursión, siguiendo instrucciones, buenitos-buenitos todos, obedientes-desobedientes, peleando  por llevar la delantera, dándonos coscorrones y riendo de todo; los niños burlándose  cuando una rama se enredaba en nuestras trenzas haciéndonos gritar de dolor.   Ya de chiquitas éramos un poco exageradas…..

Llegábamos al álamo grande en el bosque mágico lleno de historias. Acompañaban al álamo grande otros árboles también parlanchines que nosotros identificábamos con nombres. El álamo grande se llamaba Robin, y el ciprés gordo  de más adentro se llamaba James en honor a James Dean. El otro se llamaba Robert, el de más allá Alan y así seguían los nombres. En el James se dibujaron los primeros corazoncitos de nuestras vidas….con flechas e iniciales.

Bah! Ya me desvié de la historia.

La cosa era que llegando al álamo Robin, José nos decía “ya cabros, se portaron bien, ahora pueden seguir un rato solos. Tienen que estar de vuelta a las doce en punto para ordenar los caballos y monturas e ir almorzar, ah..… y nada de hacer leseritas, oyeron los pajarones?” y nosotros al unísono: “Siiiiiii José“      Ahora, ninguno tenía reloj, así que las “doce” que mencionaba José era de lo más arbitraria, ya que el sol, un palito enterrado en la tierra y la sonajera de tripas, nos indicaban cuando volver.

Y venía el desbande! Apenas perdíamos de vista al bueno de José, desmontábamos, sacábamos las monturas las dejábamos ordenaditas y partíamos entre risotadas y algarabía cabalgando en pelo. Pasábamos el estero grande y venía una explanada extensa llena de matorrales de todos los portes y espinos llenos de cuncunas. Allí fueron los primeros intentos de saltar un matorral, nos imaginábamos compitiendo en el Paperchase. Así éramos de atrevidos. Otras veces cabalgábamos tranquilos, cantando, inventando chistes o acordándonos de alguna maldad del día anterior, con el sol quemándonos los brazos, mejillas….. Y se venía la hora de volver, con las tripas sonando sabíamos que era hora de almorzar.

Siempre hacíamos lo mismo, tomábamos vuelo, partíamos galopando, compitiendo, hacia el estero grande y pegábamos LA frenada del caballo justo-justo-justo a la orilla.. Nos bajábamos corriendo, nos sacábamos los bluyines y nos metíamos al estero para refrescarnos. Siempre resultada justo! Sólo que un día, delante al tropel, se atravesó una culebra de buen porte, los caballos frenaron bruscamente y como íbamos en pelo, salimos volando hacia delante de cabeza al estero y los de más atrás cayeron de bruces encima de nosotras. Las risas y los gritos se escuchaban por todo el bosque porque en realidad era muy divertido, igual nos íbamos a bañar, pero como el chapuzón fue mayúsculo y el estero se convirtió en un gran lodazal, al salir estábamos totalmente embarrados desde la punta del pelo a las uñas de los pies.   Lo más terrible fue darnos cuenta que dos de nosotras teníamos en los calzones una rana toda asustada que luchaba por salir de ese lugar  y  con los nervios,  la agarré de una pata y al dar un salto la pobrecita, me quedé con una pata en la mano!!

Que asco!

Era una rana grande, qué asco la pata! pobre rana!

Todavía me acuerdo!

Este es uno de los tantos recuerdos guardados en la maleta encantada de la memoria de la casa-grande-con-espejos-junto-al-mar y   lo he  puesto por escrito para que no se llene de polvo azul y blanco de los tiempos pasados.

Y fuimos creciendo

dispersándonos

los mayores se fueron

José se adentró cabalgando por el bosque y se convirtió en leyenda

y nosotros todavía caminamos por los senderos de la vida.

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La Casa Grande Junto al Mar

Era una casa grande en un Fundo  junto al mar.

Allí, mi madrina y su esposo, pertenecientes  a una  antigua familia de abolengo agrícola,  invitaban todos los veranos a sus nietos y a mi, hija de su eterna amiga y confidente.

Los niños eran todos parientes y a mi,  me envolvían con  un velo especial  porque era la ahijada de los dueños  de esa casa encantada con espejos,  grandes techos de tejas, ventanas inmensas, plantaciones, árboles, jardines de rosas, vacas lecheras, caballos, cerditos, perros  fox terriers y gatos sin raza, gordos  y sin pulgas,

y caracoles de jardín

Había también un  poeta.   Era el hijo del Administrador del Fundo.  Era mayor  que nosotros y con admiración decíamos…”ya está por salir del Colegio e irá a la Universidad!”

Tenía novia el poeta!!  Los chicos lo admiraban, y nosotras, las niñitas, simplemente la odiábamos.  Le dábamos la espalda, le cerrábamos la puerta y no le convidábamos helados.

También estaban los hijos de los trabajadores que vivian más cerca de la casa grande, con ellos formábamos un grupo parejo, todos iguales, vestidos con bluyines, camisetas y alpargatas,  jugábamos hasta que llegaba la tarde, muy tarde.

Armábamos casas  en los árboles, catorce árboles, catorce casas con teléfonos hechos con tarros de leche condensada  vacíos unidos por  cordeles y  después ibamos al mar, chapoteando hasta quedar azules de frío.

Hacíamos actividades más productivas que jugar  al caer la tarde;   cada uno tomaba un balde y  sacabamos  los caracoles de los jardines porque eran muchos y se los dábamos a los cerditos rosados, quienes  se los comían encantados.

Y leíamos.  Nuestro poeta llegaba con  libros adecuados para nosotros y también con sus eternos libros de poesía;  nos rompíamos la cabeza tratando de entender las poesías, misión jamás cumplida.  Eran imposibles.

Por su influencia  conocimos el teatro.  Traía pequeñas obras de teatro que nosotros montábamos con gran algarabía,  inventando personajes para que ninguno se quedara sin participar.  Las obras eran presentadas a los mayores quienes nos premiaban con coronas hechas con ramas de olivo y laurel.  Nosotros en cambio,  entregábamos a nuestro poeta una corona doble como agradecimiento.

Y fuimos creciendo,

dispersándonos,

los mayores se fueron,

el poeta se perdió en algún recodo del camino viejo,

pero el recuerdo de la casa grande

permanece   y  no quiero olvidar.

.

 

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