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Posts Tagged ‘Relatos Breves’

Zuecos, una historia de vida…

 

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(R) el 3 de julio 2008.

Caminaba rápido por Moneda hacia el centro, rumbo a su oficina.  Cloc, cloc, cloc.  Era la segunda vez que usaba los zuecos. Estaban de súper moda, cloc, cloc, cloc.  Zuecos, medias Caffarena negras, falda mini escocesa roja, chaqueta negra. Ubiquémonos en el tiempo:  año 1973,  mes Septiembre.  Cloc, cloc, cloc.  Al llegar a la esquina de Moneda con San Antonio, se paró a leer los titulares de los diarios. La dueña del kiosko le susurró apresuradamente  “algo pasó con la Armada, Señorita”. Cloc, cloc, cloc, por fin llegó a la oficina.

Pensó “es una estupidez usar estos zuecos, ni siquiera sé caminar con ellos” y se recordó de la primera vez que los usó;  fue un día de junio de ese mismo año, el día del Tanquetazo para ser más exacta. ¡Qué tontera! ¡cómo se le pudo ocurrir usar zuecos! Se rió al acordarse de la forma cómo caminaba, doblando los tobillos, cuando tuvieron que salir de la oficina cerca del mediodía,  una vez que los tanques iban ya de vuelta a sus cuarteles……..Cloc, cloc, cloc.

Le tomó mala a los zuecos y los dejó guardados por mucho tiempo, pero ese martes 11 de Septiembre se los puso, era una tontera imaginar que los zuecos traían mala suerte. Cloc, cloc, cloc.

Al llegar a la oficina, prendió la radio a pilas para escuchar qué noticia era esa de “la Armada”. Chicharreos en la radio y luego en el fondo una voz que se dirigía a los chilenos. Pensó rápidamente: ¡esto es un Golpe de Estado! ¡No puede ser, qué horror! e inmediatamente se miró los malditos zuecos, ¡claro, ellos tenían la culpa!

Después del bombardeo a La Moneda, los enviaron de regreso a sus hogares, cloc, cloc, cloc….rapidito a su casa. Escuchó una voz que le decía “Señorita no vaya na’ pal’ cerro Santa Lucía, mire que hay un tiroteo” ¿Tiroteo? Ping, ping ….. sonaba algo cerca de ella, ping, ping  ¡de nuevo ese sonido! Cambió de rumbo y enfiló por Miraflores hacia el Mapocho y luego hacia Bellavista, pero al cruzar el río tomó una decisión…..se sacó los zuecos y los lanzó al agua.….¡no sería ella quien usara otro par de zuecos de la mala suerte en su vida!

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De lecturas y veranos

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De niños leíamos.

Cabeza con cabeza, leíamos todo lo que nos caía en las manos, revistas de monitos, libros para niños, libros para no tan para niños sacados a escondidas….

Esperaba con ansia la llegada del verano porque sabía que leeríamos hasta que los ojos nos quedaran rojos;  a veces leíamos en voz alta, como si fuéramos grandes!  Y cuando se trataba de poesías…bueno, ahí sí que se nos ponía difícil la cosa, tratábamos de entender la poesía, de encontrarle el “ritmo” como solíamos decir, pero en realidad era la métrica y las metáforas las que no entendíamos.

Tantos veranos y tantos recuerdos…mar, arena blanca, sol y lecturas cabeza con cabeza.

Una tarde en que jugábamos a escribir, una tarde en que nos sentíamos escritores de poemas, cuentos, aventuras y novelas, nuestras cabezas se juntaron mucho, más de lo acostumbrado y nos asustamos….buen susto nos llevamos!!

De ese día especial permanece el recuerdo de su cabeza junto a la mía, leyendo, creciendo, y hoy, me queda la alegría de recibir muy de tarde en tarde, una o dos líneas (o muchas) escritas en cualquier parte del mundo, sin importar los años.

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De noches y visiones

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Luego de empaparme en música y sentir que ésta me calaba hasta los huesos, quise ver el mundo más allá de lo conocido y seguro,

en la oscuridad.

Caminé sin rumbo.

Vi personajes arrastrando sus vidas, vi jóvenes perdiendo sus vidas, vi mujeres que darán vida.

Vi que el mundo gira como debe y tiene un orden

y vi también el caos.

Sensaciones y visiones llegan y traspasan los poros de mi piel,

por el sólo hecho de caminar mirando,

a diferencia de caminar sin ver.

Regresé sobre mis pasos,

con un perro vagabundo y la tristeza como amigos.

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Otavalo

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Lago San Pablo, Otavalo

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Por primera vez viajaba fuera del país  a sus tempranos 17 años.  El pasaporte aferrado en  la mano, el  brazo pasando por la cintura de su acompañante, y  en sus hombros,  el cálido abrazo  de ese hombre de raza y ancestros distintos a los suyos, proveniente  de la sierra de otavaleña.

Era su amor.   Un amor completo, increíble,  así de rotundo lo sentía  en ese lejano momento.  La juventud y el amor  le hacían ver el mundo lleno de futuros, aunque su pequeña familia pensara de otro modo…

Las Universidades acogen estudiantes de distintas partes del mundo, eso era y es  una realidad;  no era difícil imaginar, aún en aquellos años, que una estudiante conociera, en medio al sonido de una guitarra, quenas, charangos y voces al viento, a un  joven venido de otras tierras del continente americano, perteneciente a un pueblo indígena,  etnia que ha sido denominada  la aristocracia aborigen de América;  hombres caracterizados por su gran iniciativa, ambicioso sentido del comercio y de los negocios.

Otavalo,  también llamado el Valle del Amanecer, está a 115 km. de Quito, rodeada por dos imponentes volcanes, la Mama Cotacachi y el Taita Imbabura, que según cuentan las leyendas del lugar son los padres del gran valle de lagunas.  Allí aún se habla el Quichua y sus hombres visten de blanco albo y tejen largas trenzas en sus cabellos que  los identifica desde la niñez.

El paso por la selva, la costa y luego la sierra  otavaleña le permitió a la jovencita palpar las costumbres, mitos y leyendas;  vestimentas,  música y danzas, además  de  toda la ritualidad de esa fértil tierra de chamanes.

¿Sería capaz de tejer un futuro en una comunidad que no le pertenecía, pero que la acogía?

Superaría el miedo y el desarraigo a cambio del juramento de amor,  le preguntó una tarde  al Chamán.  Él, mirando al horizonte, con sus ojos sin visión, le dijo que las leyendas de Otavalo hablaban de amores y  de  imposibles, como la historia de Nina Paccha y Guatalquí  -ella convertida en laguna y él, eterno vigía de esa laguna-  sin juntarse jamás.

“Así serás tú”  le dijo el chamán.  “Eres joven, no perteneces a estas tierras, no eres ni serás jamás nuestra, debes partir.   Tu alma, vagabunda, te hará  abandonar cada lugar en el cual creas que has encontrado un amor”.

“Y jamás sabrás si has llegado para quedarte”.

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En el tiempo

El color miel era único.   Las crines de cola y cuello lo distinguían, contrastaban con el color de su cuerpo, musculoso y terso.

Era mio, solo mio y en ese afán egoista de la niñez (bueno, no tan niñez), evitaba dejarlo, aunque los mayores nos instaban a compartir.

Nada es propio.

Discrepaba yo;   lo abrazaba y nuestra mirada era cómplice.

Galopabamos en las tardes, recorriendo prados y bosques, sintiendo en rostro, cabellos y crines,  la caricia de los árboles.  Al final, bajábamos a la orilla del mar.

Tenso su cuerpo y yo en posición correcta, montada de lado, no necesitaba fusta;  mis piernas mandaban.   Bastaba una señal  y emprendíamos la carrera como si se nos fuera la vida; majestuoso él,  pisando firme las orillas saladas.  A veces entrabamos en la mar y dejábamos que las olas misericordiosas se pasearan por nosotros.  Desafiábamos el temor.

Corriamos como locos, agachada sobre su cuello para evitar que el roce del viento detuviera los minutos.

La alegría de llegar y unas pocas lágrimas producto de la brisa, picaban mi rostro.

Recuerdo su piel suave, el color miel y sus crines blancas como espuma.

Luego, retomando el sendero, traspasábamos el arco de medio punto,  entrando a la casa de grandes ventanales.

El sol ya se perdía en el horizonte.

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CHILENO

Hoy mi Blog se enriquece con el relato ameno de mi querido y entrañable amigo Patricio Finsterbusch, quien con ese mirar certero, muy en su estilo, me deja una visión de un encuentro que no fue.  Gracias Patricio por tu generosidad.

Los invito a dar una mirada a esta Pincelada Nórdica.

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CHILENO

(relato corto, pero breve)

Relato y Fotografía Patricio Finsterbusch G.

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¿Chileno? Ssssí… probablemente. Te veo venir desde lejos, por mi  misma vereda, pero en sentido contrario.  Somos las únicas dos personas caminando por esta  -poco-  transitada calle del barrio donde vivo, en los alrededores de Estocolmo.

No te había visto antes, pero tienes todo el aspecto de chileno poco afortunado: bajito, viejón, esmirriado, de indumentaria barata, cargando una bolsa trasnochada de supermercado de ofertas.

Posiblemente representas más edad de la que tienes. Barba cana, de varios días. Cabello también canoso y desgreñado, advierto en ti una sutil cojera al caminar (¿consecuencia, tal vez, de algún “apremio”?).

¿Qué edad tenías en Chile para el ’73? Seguramente eras aún bastante joven y tus ojos adivinaban un futuro más justo, por el que valía la pena luchar.  Ese futuro y  esa lucha, para ti y muchos de los tuyos, terminó abruptamente esa mañana de septiembre.

Dentro de todo, tuviste suerte. Tus pasos, aunque inseguros,  caminan hoy por esta tierra sueca que, aunque te acogió, es aún extraña para ti.

Te acercas,  veinticinco metros… sí, es chileno, ¡Claaaaro, chileeeeno!

Rostro inconfundible.  No solo latino, sino… chileno. Tono de piel no tan claro como el de tus actuales vecinos nórdicos, tu cara, tu gesto, muestra las huellas de una vida difícil, de derrotas, de decepciones, de apreturas. Tus rasgos  generales, sin embargo, aún exhiben cierto orgullo de raza,  una armonía viril.  De joven debes haber sido un tipo bien parecido.

Ya vienes a diez metros…  Oye, chileno, ¿tienes hijos? Seguramente, sí. Tal vez nacieron y crecieron en este país. Hablan sueco y una que otra palabra “chilena”, pero ya volaron del hogar y ahora estás solo. ¿Acaso querrías volver a tu tierra o es ya muy tarde?

Pasas por mi lado. No me reconoces como compatriota, quizás porque mis facciones no son tan típicamente chilenas.

Escucho que vas mascullando algo… Con la vista baja, vas hablando solo, despacito,  pero aún audible.  Alcanzo a escuchar que champurreas un sueco atroz, mezclado con palabras en castellano.  En los pocos segundos que dura nuestro cruce, trato de aguzar el oído;  no, no entiendo bien lo que vas diciendo, pero igual percibo en tu discurso cierta paz, tal vez resignación… ¿Acaso, vas rezando?

Me dan ganas de saludarte, de abrazarte, por el puro gusto de saber que venimos de esa misma tierra, al sur del mundo, pero ¿qué puedo decirte, si esa es probablemente nuestra única coincidencia de vida?

Tal vez un: ” ¡Q’iubo, puh hueón!, ¿así que soi shileno… igual que yo?”

(Bueno, ¿y por qué no?).

Me decido y me doy vuelta para alcanzarte,  pero noto que ya te has alejado demasiado.

“Pasó la vieja”, pienso.

Me detengo un momento a observarte.

Al mirarte desde atrás, tu cojera me parece más pronunciada, más cansada.

No, seguramente ya no vuelves a Chile.

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Mar profundo y azul (r)

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Era casi un ritual.  Sin ponerse de acuerdo, en una noche estrellada  cualquiera,  se encontraban,  sonreían cómplices,  emergían y contemplaban en la distancia, la casa grande.  Refrescaban la memoria de aquellos días en que tratándose de competencias entre niños y niñitas, la contienda se podía decir que  era desigual.

Las niñas ponían  en ridículo a los chicos y ellos, vencidos, las embetunaban con barro desde las trenzas a la punta de las alpargatas  y  para evitar  las explicaciones, ellas, corrían  al mar, se lanzaban al agua y salían limpias, limpitas,  en un jolgorio de risas.

El día del temblor fuerte, uno de  tantos,  años atrás,   los pescadores de la caleta  vecina  pasaron avisando  que no  permitieran a los niños acercarse  al mar;  se había formado una gran depresión a una cierta distancia de la orilla, las olas golpeaban con fuerza  y la  resaca arrastraba en forma peligrosa.

Les avisaron a los niños  del  peligro que acechaba  frente a la casa de grandes techos.   Ellos, serios, prometieron solemnes, no acercarse a la playa.   Bueno…en realidad, prometieron  no acercarse  por unos minutos solamente, pero eso no se lo dijeron a nadie.

En la tarde,  después de leer, jugar en los árboles, ayudar a sacar los caracoles de los jardines,  el lote de chiquillos salió a  caminar  por allí y haciéndose  los lesos, se   fueron acercando   al lugar donde pensaban  estaba el gran hoyo en el mar.

Uno,  intrigado, dijo  “y si vamos a investigar?”

el otro agregó  “alguien tendría que quedarse  vigilando para que no nos reten”

“nos metemos al agua vestidos o no?”  preguntó una de las niñitas,  entre risueña y coqueta.

Y  entraron al mar, cautelosos,  para dar una mirada.   El agua helada del  Pacífico,  esta vez estaba muy tibia e invitaba a nadar y acercarse a la depresion recién creada.  El tiempo no se sentía  pasar, era  tan agradable nadar en agua tibia!   Era como estar en vientre de la mamá, tibio, trasparente, protegido y silencioso.  Y  hacían piruetas!    demostrándose unos a otros cuan bien nadaban!

¿Cuántos  años han pasado desde esas aventuras en las aguas del mar extrañamente tibias?

Los tiempos son   imprecisos.

Entonces, como en un ritual, cada cierto tiempo, se encuentran  y emergiendo desde las profundidades de la gran depresión, tibia, azul profunda, en medio a las sombras de la noche estrellada,  se asoman   y  quedan  a  ras del mar,  mirando hacia la casa grande de la infancia.

Los pescadores de la caleta vecina, esperan con ansia visualizar  las  dos sombras en las cercanías de la orilla del mar, saben que después de las apariciones vendrá un tiempo de cosecha y abundancia para sus redes.

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